Con la colaboración de: Enc. Venancio Ortíz Esquivel
Una madrugada fría del mes de diciembre del año de 1926, llegó un hombre con su compañera a la ciudad de Guadalajara, pasó desapercibido, la grandeza de la ciudad, el fervor de la guerra cristera, y el espíritu religioso que imperaba a causa de la idolatría fueron las causas de su omisión.
Quien se iba a imaginar que aquella pareja de desconocidos lograría trascender en la vida de miles de seres humanos, que sumidos en la mas profunda de las tinieblas vivían sin Dios y sin esperanza, una lámpara se había encendido y nadie la podría apagar.
Por voluntad de Dios sobre sus lomos se establece la Restauración de la Iglesia Primitiva, el propósito de Dios comienza a cobrar forma, se vislumbra en sus siluetas un gran pueblo, un pueblo que servirá a Dios y será ejemplo a muchas naciones.
El camino no fue fácil, solos ante la inmensidad de un mundo lleno de fervor idolátrico recalcitrante azuzado por los lideres religiosos de ese época, fue tiempo de pasiones y fanatismo deliberado, tiempos difíciles e imposibles, nadie hubiera escogido el momento aquel para iniciar una obra religiosa, cuando el calor de los fusiles y el olor a pólvora seguía en el aire, cuando todo lo que fuera contrario a los intereses clericales era exterminado sin compasión alguna.
En medio de esa tormenta, entre las rocas, crecía impasible una rama de almedro, corria a través de sus vasos la rica savia de la fe, estaba a punto de florecer, los renuevos se asomaban imbatibles, el pueblo de Dios comienza su crecimiento.
Asi llegaron a la ciudad sin nada, únicamente con su fe, con un gran amor prendido al corazón por Dios, que les había guardado, y a quien ansiosamente quería predicar, ni una moneda para probar alimento, mucho menos para utilizar el tranvía, sin pompa, sin gloria, sin nada.
El escenario era como la mañana que le acompañó, fría, de esas que hieren la piel, que queman y vuelven insoportable la existencia, sin embargo en el corazón de aquel hombre se había encendido una llama, un fuego de los que curan, de los que envuelven suavemente después de sufrir un crudo invierno, esa flama era alimentada por el amor a Dios, sostenida por la fe, inextinguible, que mas tarde y poco a poco encendería el corazón de miles, iluminando la mente, transformando la vida de muchos que estaban y se sentían perdidos.
Con la llegada del Apóstol de Dios a Guadalajara comienza una de las historias mas bellas del mundo, el nacimiento de un pueblo prometido, un pueblo que sería restaurado a semejanza de aquel que fue formado en el principio del cristianismo, el tiempo se cumplió, la semilla comenzó a rendir frutos, la vara reverdeció arrojó almendros.
El 12 de diciembre de 1926, llegó a la ciudad de Guadalajara el Apóstol de Jesucristo Aaron Joaquín González, solamente con su compañera, nuestra hermana Diaconiza Elisa Flores de Joaquín, después de haber emprendido un difícil viaje desde la ciudad de Monterrey, caminando por las vías del ferrocarril, a través de desiertos, valles y montañas.
El pueblo de Dios se goza con ésta celebración, se regocija al recordar el principio de su gestación, ahora que ha crecido y sigue de la mano de un gran hombre de Dios, el Apóstol de Jesucristo Samuel Joaquín Flores.
